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LA EVOLUCIÓN ORGANIZATIVA DE LA POBLACIÓN

(Tomado del libro “Retazos Históricos de mi Pueblo Barichara” de Heriberto Silva Rangel pág. 53 a 57 - 1ª edición Dic. de 2001)

Con la ayuda de la documentación existente en los archivos de la curia de San Gil y la Parroquia de Barichara se puede hacer el siguiente relato como fueron los pasos seguidos en la organización de la población en su casco urbano:

Para el año de 1714 ya se habían establecido en Barichara varias familias venidas de diferentes partes, atraídas por la veneración a la Virgen de la Piedra, formándose así un caserío diverso, en estos terrenos cerca de la peña que da a los resguardos de Guane pertenecientes a la Villa de Santa Cruz y San Gil de la Nueva Baeza. Dicha feligresía, apoyada por los peregrinos, presenta petición por medio del ayuntamiento de la Villa de su jurisdicción a las autoridades se les ampare en la tenencia en que se hallan de la Vice Parroquia de la Advocación de Nuestra Señora de la Piedra.

Dicha solicitud le fue aprobada con fecha 15 de febrero de aquel año por el Arzobispo el nuevo Reino de Granada y miembro del consejo de su majestad don FRANCISCO DE COCIO Y OTERO, de conformidad con las reglas del real patronato.

En adelante se dan facultades “a cualquier sacerdote para oficiar el santo sacrificio de la misa, bautizar, velar y casar”. Así mismo los feligreses y peregrinos podían cumplir el precepto anual e confesar y comulgar.

De esta manera se establecía una gobernabilidad de carácter religioso, siendo como la denominación civil hoy día de un corregimiento.

El día 20 de enero de 1741, mediante escritura pública doña María de Soto vende a don Francisco Pradilla y Ayerbe como apoderado general de los vecinos el terreno de medida estancia para la erección y fundación de Barichara en la cantidad de “sesenta patacones”, los cuales fueron cubiertos “en reales de ocho castellanos”. El documento estipula “que no surtiendo efecto la dicha erección y fundación declara y dice sea ninguna esta escritura, dándola por rota y cancelada”.

De tal manera para dar cumplimiento a lo citado arrancaría el trabajo para trazar la población en toda la referida estancia, habiéndole salido 93 manzanas las cuales fueron divididas en 6 solares, según documento de reparto de solares iniciados a partir de 1750.

Entonces es posible que en los primeros días de agosto de 1742 se hubiese celebrado la fundación de hecho donde se destinarían los sitios para las edificaciones estipuladas por las leyes de Indias como eran Iglesia, Casa de Cura, Casa Gobernil y Plaza principal; aquí se linearon tres rectangulares y una más pequeñas de todas.

A propósito de esta fecha se la enseñaba en la escuela pública como la de su fundación. Ya que por el año de 1942 fue celebrado un solemne acto con motivo de su Segundo Centenario de existencia según lo dejan ver la ordenanza número 39 de 1941 de la Asamblea Departamental y el texto de la ley 48 del 30 de noviembre de 1940 del Congreso de la República, con el cual la nación se asociaba a dicha efemérides.

Posteriormente a aquella fecha de 1742 se iniciarían las obras ya determinadas para darle configuración de pueblo y poder solicitar la autorización a las autoridades virreinales de establecerse formalmente como tal.

Quienes siguieron la instancia como apoderados de los vecinos hasta conseguir la erección del curato de la parroquia independiente de San Gil, de la cual era tributaria, fueron: el presbítero Martín Pradilla de la Parra, su hermano Miguel Vicente, Francisco Díaz Aranda y Pedro José Navarro, quienes eran cuñados de los anteriores y por consiguiente los primeros hijos y los segundos yernos de don Francisco Pradilla y Ayerbe.

Esta prolija gestión surtió efecto según el auto expedido en Santa Fe de Bogotá el 30 de julio de 1750 donde dábase el consentimiento a la “Erección de Parroquia distinta y separada de San Gil con nombre se Nuestra Señora de la Concepción de Barichara y San Lorenzo Mártir”, la cual fue firmada por el Arzobispo pedro Felipe de Azúa; dicha designación de Parroquia es hoy el sinónimo de Municipio.

Esta autonomía incluía algunas normas como la de proveerse de cura propio, fijación de los edictos en la forma ordinaria cuya providencia se debía leer en los días festivos para comprobación de los vecinos, quienes contraían obligación de contribuir todos con los estipendios de cofradías y primicias, además debían construir puente firme y sólido sobre la quebrada Barichara para transitar sin embarazo a la Parroquia en tiempo de lluvia.

El cura de San Gil de ese entonces, Basilio Vicente de Oviedo, fue un persistente opositor de la erección de esta parroquia apelado ante los tribunales para que fuera revocado el mencionado auto arzobispal, pero finalmente se dio el fallo definitivo a favor de los vecinos de la Parroquia a mediados de 1757.

Don Bacilio Vicente de Ovieo, escritor de la Colonia, nos dejó la siguiente apreciación, la cual tomamos de la obra “Cualidades y Riquezas de Nuevo Reino de Granada”.

“El curato de la parroquia de Barichara sus patronos Nuestra Señora y San Lorenzo dos horas de camino, que será una legua poco más distante de la Villa de San Gil, de donde se desmembró, figurando distancia e impedimento que no hay era su ayuda de parroquia y se dividió el año del 51 siendo yo cura de San Gil, a quien por esa parte solo le quedó a la villa diez u ocho cuadras de distinto y para hacia El Socorro solo una cuadra que dista a la plaza del río Mochuelo, dejándole a la banda de Girón en que promedian los feligresados, porque las divisiones de los curatos se hacen por unos informes totalmente uniformes y así los demás desproporcionados.

Tendrá hoy Barichara unos 700 feligreses, iglesia de tapia y teja con poco ornato, pero le están fabricando una iglesia de calicanto.

Su temperamento en proporción es sano, pero airoso; está al norte de la villa.

Los frutos que produce su territorio son caña, algodón, plátanos, yuca, arroz y bastante tabaco, rentando a su párroco anualmente como ordinario estipendio unos ($ 1200.00) que es como 400 vecinos”.

Esta es la copia de la escritura que hizo María de Soto al Capitán D. Francisco Pradilla, del territorio para la fundación de la parroquia de Barichara, el 20 de enero 1741, la cual fue suministrada junto con otros documentos por el presbítero Isaías Ardila Díaz (Q.E.P.D.)

GUÍA HISTÓRICA DE LAS COSAS DE BARICHARA

(Armando Martínez Garnica. Guía Histórica de las cosas de Barichara. Bucaramanga, 1997)

Barichara, en cuyos orígenes se entrelazan la leyenda y la historia, está situada en el borde occidental de una meseta en la margen occidental de Río Suárez, a 1320 m. sobre el nivel del mar y 23 grados de temperatura.

Desde temprano, su historia se enmarca en un largo pleito con la ciudad de San Gil debido a la desmembración de esta. Durante largos años a partir de 1741 luchó por tener la erección de parroquia y mantener el privilegio de “muy noble y real villa de Varaflorida” hasta que finalmente en 1821 el Libertador Simón Bolívar le instituyó su antiguo rango.

En 1845 fue convertida en Cabecera del Cantón de su nombre y al establecerse el estado soberano de Santander se reconoció el Distrito de Barichara. Al crearse el régimen municipal del Departamento de Santander en 1887, Barichara adquirió su condición de actual municipio. En el año de 1975 recibió el calificativo y el homenaje nacional como “El pueblito más lindo de Colombia” y fue declarado Monumento Nacional mediante resolución 005 de junio de 1975 y ratificado por el Decreto 1654 de agosto 3 de 1978.

Como en los casos de los poblamientos de Jesús María, San Andrés, Mogotes y Páramo, el de Barichara se encuentra asociado al hallazgo de una imagen religiosa dibujada naturalmente en una piedra. Esta fue encontrada en 1702 junto a la quebrada de Barichara, en las tierras de Pedro Salgado, quien al partirla descubrió una imagen de la Inmaculada Concepción.

“Sobre media luna muy blanca, juntas las manos, la cabeza al lado derecho, la túnica morada, el manto azul oscuro y el tamaño de una medalla”, originalmente esta piedra fue instalada sobre un altar que se improvisó en la propia casa de Salgado. En octubre de 1704 el párroco de San Gil, el maestro Ignacio Gerardo Givert, tomó las primeras informaciones sobre el hallazgo y registró los testimonios de los primeros milagros obrados por la imagen mariana. Ordenó Entonces la edificación de una ermita para alojarla, que pronto se convirtió en centro de romerías y devoción. Sus devotos se organizaron desde la segunda década del siglo XVIII en una cofradía responsable del ornato.

ACUARELA VERBAL DE BARICHARA

(Tomado del Libro “Estampas” de Vicente Landínez Castro, pág. 137-143)

Este es el pueblo, el que una tarde, al arribar a él, me enamoré de repente y a primera vista como de una de esas mujeres leonardinas de la remota época colonial, de la que los historiadores y los biógrafos se afanan tanto por desentrañar y apoderarse hasta de sus más íntimos secretos.

Aquello fue el hallazgo muy particular: mi señora que me acompañaba y yo, experimentábamos entonces la sensación extraordinaria, casi mágica, de haber encontrado de pronto en mitad de la hirsuta breña santandereana, un antiquísimo pueblo hipnotizado, intacto, conservado milagrosamente incólume y protegido de la acción devastadora de los siglos, gracias a su coraza de piedra, igual al más perfecto de los fósiles que abundan a manera de elocuentes testimonios geológicos por toda esta región.

Cuando se columbra desde lejos por el serpenteante y polvoriento camino, Barichara semeja a nuestros ojos una inmensa piel de tigre estirada sobre las colinas circundantes, en la que se destacan, la mole pétrea de la iglesia cuyas torres, descollando en el horizonte, nos advierten que son las del castillo de Dios; los trazos desiguales y blancos de los caballetes, el color rosa de los tejados, las rayas sepias y rectas de las calles y las manchas móviles y verdes de los huertecillos y de los jardines.

Un aire purísimo y refrescante envuelve y penetra la antañona ciudad. Y es tan luminoso, tan diáfano y tan limpio y tiene tanta repercusión en nuestro espíritu, que parece repetirse aquí el mismo fenómeno atmosférico de Anáhuac, insuperablemente descrito por don Alfonso Reyes, hasta el punto de que no podemos menos que utilizar para este sitio la misma advertencia del mejicano insigne:

"Viajero: has llegado a la región más transparente del aire".

Y luego es tan benigno y atemperado su clima que desde mediados del siglo XVI el Beneficiado de Tunja Don Juan de Castellanos, dejó anotado en una de sus célebres octavas noticiosas:

"...............................................
Pues nunca frío ni calor dan pena
por ser desocupado de montañas
y visitallo saludables vientos".

Y el Padre Simón a la cabeza de los Cronistas de Indias, apuntó a su turno: "Tierra pedregosa, seca y de buen temple, más caliente que fría, de buenos y saludables aires por ser limpia de montañas y anegadizos que los suelen corromper".

Los muros de Barichara se asientas sobre las cepas prehistóricas del pueblo Guane. Como quiera que Barichara, llamaba así en lengua aborigen, "bari": sitio y "charis": palmera, que componen "sitio de palmeras", fue fundada en 1705 por el Capitán don Francisco de Pradilla y Ayerbe en el mismo lugar que ocupaba la población indígena de Choaguete, perteneciente a la importante nación Guane, de la gran familia de los Chibchas.

Barichara está hecha de piedra y tapia, principalmente. La piedra aquí es un elemento primordial. Ha servido lo mismo para echar las bases de los gruesos paredones de las casas, que para construir el sobrio y espacioso templo; para labrar las fuentes cantarinas como para esculpir los monumentos funerarios. La piedra asiste al hombre desde la cuna hasta el sepulcro. Encontramos la piedra por doquier: piedra rubia, piedra amarilla, piedra blanca, rosada, bermeja, morada, gris; unas, primitivamente toscas; otras, amorosamente pulidas. La piedra constituye el timbre de orgullo, el mejor blasón de la ciudad.

Porque Barichara, a diferencia de otras ilustres ciudades históricas, el Socorro, la Villa de los Caballeros de San Juan Girón, Ocaña, Mompox, Cartagena, Popayán, carece de todo Fausto arquitectónico, y de una voluminosa crónica en donde abundan los personajes y los sucesos que remontan los grandes días de la Colonia, la Independencia y la República. Sin embargo y a pesar de ser entonces muy joven, contribuyó generosamente con hombres y recursos al incremento y buen suceso de tales épocas, especialmente cuando la Insurrección de los Comuneros, en los tiempos legendarios de José Antonio Galán.

Quizás el monumento civil más importante que guarda la ciudad es la humilde casita donde nació el patricio don Aquileo Parra, una de las principales figuras del Olimpo Radical y uno de los más probos Presidentes de Colombia, Don Aquileo perteneció a esa recia clase de hombres, por ciertos bien rara en nuestros días, en la que figuraron, verbi gracia, don Marco Fidel Suárez, el “Presidente paria” cuyo modestísimo rancho nativo en el antiguo Hato Viejo, es, igualmente, un elocuente testimonio de la pobreza y apremios de su desvalida infancia; los Generales José María Obando, José Eusebio Otálora y Rafael Reyes, quienes también, antes de subir al Sólido de Bolívar, abrieron primero con sus propias manos nuevos caminos por ríos y montañas. Descuajaron la selva, alzaron cimientos y pusieron sus propios monogramas con el fierro al rojo vivo sobre ancas lustrosas de las reses jadeantes al pié del botalón; el ilustre José Restrepo, el inolvidable “Ñito”. Campesino de Concordia, quien con el mismo ánimo y destreza penetraba en los profundos socavones de las minas, iba hombro a hombro con los peones en las siembras del maíz, se trenzaba acompañado del tiple en ingeniosos duelos líricos con los troveros de su pueblo, o escribía donosas y castizas páginas plenas de ironía, o hacía memorables discursos en foros y asambleas internacionales.

Eran representantes de una generación que se formó en contacto con las duras realidades del país, lejos de los muelles sillones de las bibliotecas y de las embajadas. Así, don Aquileo Parra, pues, se yergue en símbolo y figura representativa de este pueblo singular, dueño de abundantes cualidades ciudadanas y humanas.

Pero volvamos ahora a la ciudad misma que es, sin duda, el personaje principal y más espléndido, e internémonos en sus calles para sentirla y comprenderla mejor.

Estas peregrinas calles de Barichara son acaso únicas en el país. Parece que hubieran sido “tiradas a cordel”, como aquellas otras que celebró en verso el incisivo Tuerto López.

Tanto el piso como las aceras, están embaldosadas con grandes piedras cuya superficie tersa y pulimentada se debe más que a la obra del cincel, a la pisada altiva de los hombres, al cimbreante y presuroso paso de las mujeres y a la acompasada marcha de las mulas herradas que pasan cargadas de miel y de tabaco. A todas horas limpias y cuidadosamente conservadas, denotan de inmediato el varonil esfuerzo, el especial esmero y el espíritu cívico de sus moradas. Y testimonian, igualmente, la descomunal hazaña que representa haber extraído y trasladado desde las canteras distantes hasta este sitio y haberlas tallado y unido luego, millones de toneladas de piedra sin emplear máquina alguna. Sino a base únicamente de fuerza muscular.

A lado y lado se levantan las blancas y severas fachadas de las casonas cuyos portones y ventanas permanecen abiertos y cuyos anchos aleros protegen al viandante de las lluvias y el sol y le comunican un toque de sombra y de frescura.

Algunas desembocan en adorables plazoletas n donde se encuentran capillas del más puro cariz castellano, que llevan los nombres de San Antonio, Santa Bárbara y Cristo Resucitado; otras, en la ancha plaza que es lugar de obligada cita para los viejos, los niños, las palomas y los enamorado. En el centro de la plaza una fuente esbelta y de tazones primorosamente labrados, canta noche y día la canción del agua. Y en torno de la fuente los frondosos astromelios reciben hospitalariamente al visitante con una bocanada de fragancia; y las altas palmeras centenarias semejan en aquel plácido lugar pinceles gigantescos, con los que las manos del viento pintan a capricho sobre el lienzo azul pálido del cielo figuras de nubes y luceros.

Aquí la iglesia, hecha toda de piedra, levanta hacia el azul sus torreones macizos y románicos, que difunden a todas horas el tañido grave o agudo de las campanas que regulan día y noche la vida de los parroquianos y los convocan a las ceremonias rituales. En uno de ellos, un vetusto reloj marca con tintineo monacal las horas que transcurre despaciosas, cansinas, uniformes, con una lentitud aterradora que suscita en nuestro ánimo el tenor de que el tiempo, de pronto, se fuera a detener.

La mayor parte del día las calles permanecen desiertas. Las gente viven enclaustradas en sus amplias casonas ocupadas en labores manuales, entretenidas en cuidar sus jardines interiores o regocijándose, la mayor de la veces, en sorber lentamente, morosamente, deleitosamente, la paz, el silencio, el sosiego sedante del ambiente ensimismado y trapense. Porque en Barichara todo es calma, silencio, soledad. Hay momentos en que uno tiene la impresión alucinante de estar recorriendo un pueblo ha mucho tiempo abandonado. Acaso un gato negro o un perro pase de vez en cuando junto a nosotros con aire entre curioso y desconfiado y de un solo salto se pierda en un huerto cercado. Vamos atisbando en nuestro vaguear las sobrias portadas, los anchos y limpios zaguanes empedrados, las ventanas del más variado diseño: enrejadas, arrodilladas, de pecho de paloma, o ventanas pequeñitas, casi diminutas, como de celda de monja, por las que de tarde en tarde es posible que asome la cabeza plateada de un anciano o la cabecita rubia de una niña.

Aquí, como observara don José Ortega y Gasset, de los pueblos de Castilla, “la tranquilidad profunda es una forma de la vida. El silencio regula la existencia. Da a la existencia una dulzura, una suavidad, una quietud, una sencillez que a las gentes de las grandes urbes parecerían cosa irreal”. Los balcones permanecen también desocupados. Los hay de todas las formas y tamaños: saledizos, corridos, esquineros, grandes y pequeños, que ponen un aire de coquetería encantadora en la señera austeridad de las portadas.

Las casas poseen espaciosos patios y anchurosos corredores enladrillados, ornados permanentemente con tiestos en donde revientan en mazos multicolores de variadísimos matices, los geranios de flor roja, los cayenos de flores blancas y rosáceas, los aristocráticos anturios nacarados y blancos, los humildes caracuchos permanentemente florecidos. Los buganviles morados y rubíes, los crisantemos dorados, los crotos con la policromía de sus hojas, y en el centro un verde parral que comunica a los patios y a las estancias una grata sensación de frescura, y varias veces al año ofrece el regalo de sus racimos donde cada uva es para el paladar, una gota de sol cristalizada.

De trecho en trecho, uniendo las casa y prolongando el costado de las calles, aparece la tapia, desbordante de cal y coronada por grandiosos tejadillos, sobre los que asoman sus frescas ramas los granados, los limoneros, los naranjos, los plátanos, los mangos, y los trinitarios que muestran ostentosamente sus flores rojas, lilas, carmesíes y gualdas.

Pasemos de largo por las resonantes herrerías, donde las llamas de la fragua se animan al soplo de los fuelles y los martillos caen rítmicamente sobre el fuerte yunque; no entremos tampoco a las carpinterías bulliciosas y bíblicas que comunican al ambiente un fuerte aroma de bosque; pero detengámonos por un momento siquiera en los obradores donde el maestro cantero, con paciencia y destreza, se complace en sacar de los enormes bloques, golpe a golpe de cincel, esbeltas columnas, figuras de ángeles orantes, pilas de elegante traza, frisos de complicados arabescos donde la pintura alcanza el primor y la ingravidez de los encajes.

El cielo permanece de un azul añil. El sol destella sobre las paredes encaladas. Todo cuanto vemos invita a la meditación, a la quietud y al reposo. El pueblo es una bahía de silencio y olvido.

Y en el ámbito imperturbable de las tardes, una fuerte actitud contemplativa, un sopor infinito, una calma letárgica, una vaga dulzura, nos toman, nos envuelven y se apoderan de nuestro espíritu. Y de todas las cosas que nos rodean fluye una corriente de paz y eternidad que tiene momentos el raro poder de liberarnos de nosotros mismos, de disolver nuestra propia individualidad e integrarnos luego al sueño total y milenario de la tierra.

De este pueblo, que hubiera las delicias del maestro Azorín, bien puede uno decir con toda razón y sentimiento, como en el caso de la Villa de Leyva, que es un privilegio y nostálgico lugar, bueno para nacer entre sus muros o para reposar bajo su suelo.

BARICHARA

(Tomado del Libro “El Pueblo de los Guanes, raíz gloriosa de Santander” del Pbro. Isaías Ardila Díaz, pág. 500-502- 2ª edición 1986)

La ciudad de Barichara, enclavada junto a la antigua capital de los Guanes, nació alrededor de la ermita levantada a la SAM. Virgen que se creyó aparecida en una piedra y que atrajo, durante varios años, numerosos peregrinos.

El 15 de febrero de 1714 el Ilmo. señor don Francisco Cosió y Otero aprobó la erección de la Vich parroquia, con el título de Nuestra Señora de la Piedra de Barichara.

El celador del humilde pero concurrido Santuario fue el mismo fundador de Barichara, capitán don Francisco Pardilla y Ayerbe, quien también enseñaba las primeras letras a los niños de la naciente población.

El 20 de enero de 1741 la señora María de Soto vendió y escrituró al fundador el terreno necesario para la organización de la parroquia, por la suma de sesenta patacones, que pagó don Francisco en reales de ocho castellanos.

Una respetada tradición afirma que la ciudad fue fundada el 1de agosto de 1742, mediante acto solemne que se consignó en un documento posiblemente incinerado por un alcalde ignorante, que quemó todo el archivo civil de Barichara y Guane.

La Asamblea Departamental, por ordenanza No. 39 de 1941, se asoció a la celebración del Segundo Centenario de la fundación de Barichara, el 1 de agosto de 1742.

Esta fecha es aceptable; pero jamás la de 1705. ¿Cómo es posible hablar de la fundación de una ciudad sin ni siquiera contar con el territorio necesario para crearla? (véase HENAO y ARRUBLA, Historia de Colombia, pág. 245, nota final).

El arzobispo don Pedro Felipe de Azúa, después de largo pleito del cura de San Gil, el célebre escritor colonial don Bacilio Vicente de Oviedo, dictó el siguiente auto:

"Sta. Fe y julio 30 de 1750. Vistos estos autos sobre la división de la parroquia de Barichara del curato de San Gil, en que el Excmo. señor Virrey, Vice Patrono, es servido dar su consentimiento ... debemos declarar haber lugar a dicha erección de parroquia distinta y separada de la de San Gil con el nombre de Nuestra Señora de la Concepción de Barichara y San Lorenzo Mártir y que se provea de nuevo cura según las leyes del Real Patronato".

El doctor Oviedo apeló de este auto arzobispal ante el tribunal de Cartagena y logró que el 9 de septiembre de 1751 se revocara la disposición del arzobispo. Pero los vecinos de Barichara acudieron al tribunal de última instancia, el de Santa Martha, el cual confirmó "en todo y por todo el Auto Arzobispal del 30 de julio de 1750".

Pero aún quedaron arrestos del doctor Oviedo para seguir el pleito, por la segregación de su parroquia de San Gil, ahora por fijación de los límites entre las dos parroquias.

Sin sospechar, tan persistente opositor de la fundación de Barichara, que iba a dejar certificado solemne de quiénes fueron los fundadores de esta ciudad, se dirigió al Cabildo de San Gil, por medio de su apoderado, pidiendo una constancia de las personas que se prosiguieron el litigio, hasta conseguir la segregación y erección del curato de Barichara, "con notable menoscabo y perjuicio de esta parroquial de San Gil". Su petición fue contestada así:

"Por presentada admítese con la exhibición del real interés e dése la testificación que se pide. Y en conformidad de ello, certificamos en pública forma que haga fe, en donde y como convenga, que Don Miguel Vicente Pradilla Procurador General de este cabildo, es hermano lex-mo. Del Dr. Don Martín Pradilla, cura actual de la parroquia de Barichara, y los dhos., hijos de Don Fran-co Pradilla, quien siempre vivió en dho. sitio sirviendo hoy de parroquia y pretendió su fundación y erección; y Don Fran-co Díaz Aranda, y el Sr. Alcalde Ord-ro. Don Pedro Joseph Navarro, son yernos del sobre dho. Don Fran-co Pradilla y los que como apoderados de aquel vecindario siguieron la instancia, hasta que consiguieron la erección del dho. Curato y Parroquia de Barichara.

Y para que así conste damos la presente, la que firmamos por nos y antes nos, fecha en esta sala de nro. Ayuntamiento de esta Villa en veintisiete de junio de mil setecientos cincuenta y cuatro años (firmados) Miguel Meléndez de Valdés, Fran-co. Suárez, Fran-co. Antto. Ferreira, Fran-co. Joseph Bern-do de Ortiz Navarro, Pedro Jph. Martín Moreno, Gaspar Álvarez".

Finalmente, el 4 de junio de 1757, se dio fallo definitivo a favor de la parroquia de Barichara; y el doctor Oviedo no solamente perdió causa, sino que tuvo que pagar las costas del juicio y renunciar también a su tan apreciada y defendida parroquia de San Gil, de donde salió el 18 de diciembre del mismo año.

Así terminó el largo proceso de la fundación de Barichara, nueva población filial de Guane, que más tarde iría a quitar a ésta su propia vida civil.

El 13 de enero de 1800 los vecinos de Barichara pidieron al virrey Mendinueta "se erija aquel lugar en Villa, con independencia absoluta de San Gil… bajo el título de muy noble y Leal Villa de San Lorenzo de Barichara".

Hubo un largo proceso, porque San Gil se oponía a la erección de la Villa de Barichara. Al fin se llegó a esta conclusión: "Santa fe, Nov.-e. 16 de 1804. Vistos. Dése cuenta a su Majestad con testimonio que costearon la parte del Vecindario de Barichara e informe en apoyo de la erección de aquella Parroquia en Villa, como se solicita. (Hay una rúbrica) Caicedo".

Con la independencia se llegó a desconocer este privilegio. Pero el 7 de abril de 1821 el Cabildo de Barichara, reunido en la Sala Capitular, dejó constancia de que "el Libertador Presidente la volvió a restituir a su rango de Villa".